Fr German’s message November 3rd 2013 TAIZE PRAYER #2

posted Oct 31, 2013, 4:11 PM by German Sanchez   [ updated Feb 6, 2014, 5:47 PM by St. Sebastian ]

Fr German’s message

TAIZE PRAYER #2

The following text is the continuation of last week’s message.

The Word of God: thunder and silence.

At Sinai, God spoke to Moses and the Israelites. Thunder and lightning and an even-louder sound of a trumpet preceded and accompanied the Word of God (Exodus 19). Centuries later, the prophet Elijah returned to the same mountain of God. There he experienced storm and earthquake and fire as his ancestors did, and he was ready to listen to God speaking in the thunder. But the Lord was not in any of the familiar mighty phenomena. When all the noise was over, Elijah heard "a sound of sheer silence", and God spoke to him (1 Kings 19).

Does God speak with a loud voice or in a breath of silence? Should we take as example the people gathered at Sinai or the prophet Elijah? This might be a wrong alternative. The terrifying phenomena related to the gift of the Ten Commandments emphasize how serious these are. Keeping or rejecting them is a question of life or death. Seeing a child running straight under a car, one is right to shout as loud as possible. In analogous situations prophets speak the word of God so that it makes our ears ring.

Loud words certainly make themselves heard; they are impressive. But we also know that they hardly touch the hearts. They are resisted rather than welcomed. Elijah’s experience shows that God does not want to impress, but to be understood and accepted. God chose "a sound of sheer silence" in order to speak. This is a paradox:

God is silent and yet speaking.

When God’s word becomes "a sound of sheer silence", it is more efficient than ever to change our hearts. The heavy storm on Mount Sinai was splitting rocks, but God’s silent word is able to break open human hearts of stone. For Elijah himself the sudden silence was probably more fearsome than the storm and thunder. The loud and mighty manifestations of God were somehow familiar to him. God’s silence is disconcerting, so very different from all Elijah knew before.

Silence makes us ready for a new meeting with God. In silence, God’s word can reach the hidden corners of our hearts. In silence, it proves to be "sharper than any two-edged sword, piercing until it divides soul from spirit" (Hebrews 4:12). In silence, we stop hiding before God, and the light of Christ can reach and heal and transform even what we are ashamed of.

Silence and love.

Christ says: "This is my commandment, that you love one another as I have loved you" (John 15:12). We need silence in order to welcome these words and put them into practice. When we are agitated and restless, we have so many arguments and reasons not to forgive and not to love too easily. But when we "have calmed and quieted our soul", these reasons turn out to be quite insignificant. Maybe we sometimes avoid silence, preferring whatever noise, words or distraction, because inner peace is a risky thing: it makes us empty and poor, disintegrates bitterness and leads us to the gift of ourselves. Silent and poor, our hearts are overwhelmed by the Holy Spirit, filled with an unconditional love. Silence is a humble yet secure path to loving.”

Happy Year of Faith. 

Happy week.

Fr Germán November 3rd 2013

Mensaje del P. Germán

LA ORACION DE TAIZE No. 2

El siguiente texto, es la continuación del mensaje de la semana pasada.

La Palabra de Dios: trueno y silencio.

En el Sinaí, Dios habla a Moisés y a los israelitas. Truenos, relámpagos y un sonido te trompeta cada vez más fuerte precedía y acompañaba la Palabra de Dios (Éxodo 19). Siglos más tarde, el profeta Elías regresa a la misma montaña de Dios. Allí vuelve a vivir la experiencia de sus ancestros: huracán, terremoto y fuego, y se encuentra listo para escuchar a Dios en el trueno. Pero el Señor no se encuentra en los fenómenos tradicionales de su poder. Cuando cesa el ruido, Elías oye «un susurro silencioso», y es entonces cuando Dios le habla. (1 Reyes 19).

¿Habla Dios con voz fuerte o en un soplo de silencio? ¿Tomaremos como modelo al pueblo reunido al pie del Sinaí? Probablemente sea una falsa alternativa. Los fenómenos terribles que acompañan la entrega de los diez mandamientos subrayan su importancia. Guardar los mandamientos o rechazarlos es una cuestión de vida o muerte. Quien ve a un niño correr hacia un coche que está pasando tiene razón de gritar lo fuerte que pueda. En situaciones análogas, ha habido profetas que han anunciado la palabra de Dios de modo que resuene fuertemente a nuestros oídos.

Palabras que se dicen con voz fuerte se hacen oír, impresionan. Pero sabemos bien que éstas no tocan casi los corazones. En lugar de una acogida, éstas encuentran resistencia. La experiencia de Elías muestras que Dios no quiere impresionarnos, sino ser comprendido y acogido. Dios ha escogido «una voz de fino silencio» para hablar. Es una paradoja:

Dios es silencioso, y sin embargo habla.

Cuando la palabra de Dios se hace «voz de fino silencio», es más eficaz que nunca para cambiar nuestros corazones. El huracán del monte Sinaí resquebrajaba las rocas, pero la palabra silenciosa de Dios es capaz de romper los corazones de piedra. Para el propio Elías, el súbito silencio era probablemente más temible que el huracán y el trueno. Las manifestaciones poderosas de Dios le eran, en cierto sentido, familiares. Es el silencio de Dios lo que le desconcierta, pues resulta tan diferente a todo lo que Elías conocía hasta entonces.

El silencio nos prepara a un nuevo encuentro con Dios. En el silencio, la palabra de Dios puede alcanzar los rincones más ocultos de nuestro corazón. En el silencio, la palabra de Dios es «más cortante que una espada de dos filos: penetra hasta la división del alma y del espíritu.» (Hebreos 4,12). Al hacer silencio, dejamos de escondernos ante Dios, y la luz de Cristo puede alcanzar y curar y transformar incluso aquello de lo que tenemos vergüenza.

Silencio y amor.

Cristo dice: «Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Juan 15,12). Tenemos necesidad de silencio para acoger estas palabras y ponerlas en práctica. Cuando estamos agitados e inquietos, tenemos tantos argumentos y razones para no perdonar y no amar demasiado y con facilidad. Pero cuando mantenemos «nuestra alma en paz y en silencio», estas razones se desvanecen. Quizás evitamos a veces el silencio, prefiriendo en vez cualquier ruido, cualquier palabra o distracción, porque la paz interior es un asunto arriesgado: nos hace vacíos y pobres, disuelve la amargura y las rebeliones, y nos conduce al don de nosotros mismos. Silenciosos y pobres, nuestros corazones son conquistados por el Espíritu Santo, llenos de un amor incondicional. De manera humilde pero cierta, el silencio conduce a amar.”

Feliz semana.

Feliz año de la Fe.

P. Germán 3 de noviembre 2013
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