30th Sunday in the Church’s time C LA, October 26th /27st , 2013

posted Oct 26, 2013, 1:28 PM by German Sanchez

30th Sunday in the Church’s time

Time C

Los Angeles, October 26th /27st , 2013

1st Reading: from the Ben Sirach 35,12-14.16.18

Psalm : 33(34)2-3,17-18,9-23

2nd Reading: 2nd Letter of St Paul to Timothy 4,6-8.16-18

Gospel: Saint Luke 18,9-14

Jesus told a parable to those men and women who thought of themselves as righteous and who despised all others."

While meditating on the Gospel of this Sunday, it occurred to me that if Jesus were to come to our world today, he would probably use the same parable to invite us to reflect on our relationship with God and with our brothers and sisters.

Before God, do we see ourselves as righteous or as sinners? Do we treat all our brothers and sisters as our neighbors or, on the contrary, do we despise them?

1.- Before God, do we see ourselves as righteous or as sinners?

To make our prayer sincere, Christian, and effective, it is important to stand before God as what we are, sinners; not as what we are not, righteous.

It is true that we have not killed anyone, that we have not stolen, that we honor our parents, that we haven’t committed adultery... etc. It is a long list of things we haven’t done. But let’s be honest with ourselves. Ask yourself, if among the things you do, among the things that make you proud, do you include the time you have shared with the poor, the time visiting the elderly or prisoners, the time to fight against all kinds of injustices, the time you committed to society and to the Church to build a better world..?.

Probably, we all should recognize that we still have much to improve before we can stand before God as righteous people.

When we acknowledge before God that we are sinners because we don’t do everything we could for the good of humanity; when we acknowledge before God that in our life there are words and acts that are not truly motivated by love; then, we come before God as what we truly are: sinful men and women in need of the light and strength that come from the Lord.

Those who see themselves as righteous believe that they don’t need God. In their lives there is no place for the light and strength of the Spirit of God.

Those who see themselves as righteous build their lives without God and deprive themselves of the intervention of God who wants to reveal Himself to them, listen to them, bless them, and love them.

The words of Jesus, which are written in this week’s Gospel of Luke, invite us to reflect on the relationship we have with others.

Do we treat all our brothers and sisters as our neighbors or do we despise them?

We live in a world that, in theory, belongs to all men and women who inhabit it. Before God, however, we are all sinners.

So among us, all men and women in our world, there should be a relationship of respect, brotherhood, understanding, solidarity, and love. We cannot neglect, exploit, or consider some of our brothers and sisters as our inferiors.

Peace in our families, in our communities, our societies and our world cannot exist among us if there are men and women who despise, exploit and diminish their brothers and sisters.

In our world, clearly there are men and women who are more intelligent than others, richer than others, in better health than others, with more education than others, who are more fortunate than others... but it is also clear that we are all God's beloved children. We are all equal before God because we are all his children, we are all sinners who need His light and His strength to make good use of what the Lord has put in our hands for our own benefit.

Our prayer will be sincere, Christian, and effective if we come before God as the sinners we are. Our relationships with our brothers and sisters will be good, productive, and happy if we treat them with the respect they deserve because we are all God's image on earth.
Lord, teach us to pray and to respect all our brothers and sisters.
Amen

Fr. Germán

30º Domingo Tiempo de la Iglesia 

Año Litúrgico C

Los Ángeles, el 27 de octubre del 2013

1ª lectura: del libro de Ben Sirac el Sabio 34,12-14.16.18

Salmo: 33(34) 2-3,17-18,9-23

2ª lectura: de la 2º carta de Sn Pablo a Timoteo 4,6-8.16-18

Evangelio: de San Lucas 18,9-14
"Jesús dijo una parábola para ciertos hombres y mujeres que se consideraban justos y que despreciaban a todos los otros".
Al meditar con el Evangelio de este domingo, pensé que sí Jesús estuviera  en medio de nosotros en este momento, probablemente utilizaría la misma parábola para invitarnos a reflexionar sobre la relación que tenemos con Dios y con nuestros hermanos y hermanas.                                                                              

¿Frente a Dios, nos consideramos justos o pecadores?

¿Tratamos a todos nuestros hermanos y hermanas como nuestros semejantes, o los despreciamos?

1.- ¿Frente a Dios, nos consideramos justos o pecadores?

Para que  nuestra oración sea sincera, cristiana y eficaz, es importante que nos presentemos delante de Dios como pecadores que somos y no como justos que no somos.

Es cierto que no hemos matado a nadie, que no hemos robado, que respetamos a nuestros padres, que no deseamos la mujer o el esposo de nuestro prójimo,... etc. La lista de todo lo que no hacemos es larga. Sin embargo,  seamos honestos con nosotros mismos. Preguntémonos si entre las cosas que hacemos y por las que estamos orgullosos, se encuentran  también el compartir con los pobres, la visita a las personas de edad avanzada o que están en la cárcel, la lucha contra toda clase de injusticias, el compromiso en la sociedad y en la Iglesia por la construcción de un mundo mejor,...
Probablemente todos debemos reconocer que todavía tenemos mucho por  progresar,  antes de presentarnos delante de Dios como personas justas.

Cuando reconocemos delante de Dios que somos pecadores, porque  no hacemos todo lo que podríamos hacer por el bien de la humanidad; cuando reconocemos delante de Dios que en nuestra vida hay palabras y actos que no están verdaderamente guiados  por el amor; entonces nos presentamos delante de Dios tal como somos: es decir, como hombres y mujeres pecadores que necesitan la luz y la fuerza que vienen de Él.

Aquel que se considera justo pero  cree que no necesita a Dios en su vida, no da lugar para la luz y la fuerza del Espíritu de Dios.
Aquel que se cree justo construyendo  y conduciendo  su vida sin Dios,  se priva de la intervención de Dios que desea revelarnos, escucharnos, bendecirnos, es decir, amarnos.

Las palabras de Jesús, que San Lucas nos comparte  en el Evangelio de este domingo, nos invitan a reflexionar sobre la relación que tenemos con los demás.                                                                       

¿Tratamos a todos nuestros hermanos y hermanas como nuestros semejantes o los despreciamos?

Vivimos en un mundo que, en teoría, pertenece a todos los hombres y mujeres que lo habitan. Frente a Dios, todos somos pecadores.

Entonces, entre nosotros, entre todos los hombres y mujeres de nuestra humanidad deben existir relaciones de respeto, de fraternidad, de comprensión, de solidaridad y de amor. No podemos despreciar, explotar o considerar ciertos de nuestros hermanos y hermanas inferiores a nosotros.

La paz en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestras sociedades y en nuestro mundo no  puede existir, si entre nosotros hay hombres y mujeres que desprecian, explotan y desvalorizan a sus semejantes.

Es evidente que en nuestra humanidad hay hombres y mujeres más inteligentes que  otros, más ricos que  otros, con mejor salud que  otros, que han estudiado más que  otros,  que les va mejor  que  a  otros,... Pero también es evidente que todos somos hijos bien amados de Dios. Todos somos iguales frente a Dios porque  todos somos  hijos pecadores que necesitan su luz y su fuerza para aprovechar de todo los que Nuestro Padre  ha puesto en nuestras manos para el bienestar  de todos.

Nuestra oración es sincera, cristiana y eficaz siempre y cuando nos presentamos frente a Dios como pecadores que somos. Nuestras relaciones con nuestros hermanos y hermanas serán buenas, productivas y felices siempre y cuando  tratemos  a todos nuestros hermanos y hermanas con el respeto que merecen ya que todos somos imagen  de Dios en la tierra.

Enséñanos  Señor a orar y a respetar a todos nuestros hermanos y hermanas.

Amen.

P. Germán
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